No hace mucho me hicieron favor de darme la cifra de más de mil 500 templos dentro de nuestro
País y otro tanto más allá de nuestras fronteras, aunque supongo que esta información es como la
del censo que, cuando se publica ya está atrasada y los números ya son mayores.
Su celebración más importante dura varios días, aunque llega a su cúspide el 14 de agosto: la Santa Cena, en la que los fieles comparten la sal y el pan juntos, aunque, como es natural, no todos en el mismo lugar.
Muchos de ellos -varios cientos de miles- vienen a Guadalajara, pero la mayoría se quedan en
sus pagos. De cualquier manera, vale constatar que, no hace muchos años, todos eran recibidos
en la misma Hermosa Provincia, en torno a la enorme casa de oración que diseñara el arquitecto
Leopoldo Fernández Font, con capacidad para 12 mil personas sentadas, y que, mutatis mutandi
han emulado en otros lugares. Puerto Vallarta es un ejemplo.
Este año, sin embargo, el éxito de la convocatoria superó con creces la de celebraciones
anteriores. Parece ser que la capacidad de respuesta de la organización a las necesidades de sus
fieles ha coadyuvado a que el número de éstos haya aumentado muy significativamente en los
últimos años. La pasada Cena, pues, hubo de hacerse en cuatro de las colonias tapatías que han
llegado a establecer ya sus seguidores.
Dicho en términos estrictos, aquella pequeña comunidad vituperada, motivo de escarnio y
difamación, acosada y maltratada, se ha convertido en menos de ocho décadas en una verdadera
y poderosa transnacional, lo cual, como jalisciense, no deja de causarme una fuerte satisfacción.
Independientemente de la proyección de nuestra ciudad por una cuarentena de países, todo el
proceso representa también una enorme derrama económica.
Es cierto que los visitantes gastan poco, pues en general son gente modesta y, además, muchos
son recibidos en casas de correligionarios locales, pero de cualquier manera, quienes gustan de
pensar preferentemente en los pesos y los centavos -mal le pese a su credo o condición- habrán
de reconocer que la suma dejada en esta ocasión o en otras festividades como el 14 de febrero,
cuando el Hermano Samuel Joaquín cumple años, no es por ningún motivo despreciable.
Independientemente que la tolerancia de credos que prevalece en nuestras leyes, aunque no falte
quien pretenda echarla por la borda, obliga al "respeto al derecho ajeno", sobre todo en su
manera de pensar, lo cierto es que La Luz del Mundo se ha ido ganado la consideración social y
hasta una fuerte admiración, incluso por parte de gente que no comparte su credo. La amplia
cobertura de los medios de comunicación y el tono respetuoso utilizado por casi todos, es una
muestra palpable de ello.
A veces la personal apreciación resulta engañosa, pero tengo la sensación de que nunca antes
habían sido tan bien tratados por los medios de comunicación masiva, en especial por la
televisión.
No han faltado algunos comentaristas de radio que, mal sirviendo no sé a quién, han hecho gala
de una cierta sorna, pero han sido muy pocos y, en más de algún caso han recibido algún
soplamoco de radioescuchas amantes de la ecuanimidad y el respeto.
Ojalá que ello sea una muestra de que estamos aprendiendo a "vivir en democracia" y a tomar
más en consideración "al otro", en vez de las deplorables muestras de inmadura intolerancia de
diferentes bandos de que fuimos capaces antaño. Ello constituirá un buen principio para ir
forjando juntos una sociedad mejor.
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